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  CRÍTICA
 

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XINANTÉCATL: TIEMPO ABRASADO
MI RECORRIDO POR SIETE ENCLAVES VOLCÁNICOS

Lucille Wong

SILENCIO DEL PAPEL
Lucille Wong

EL ABISMO
Lucille Wong

JACARANDAS
Lucille Wong

 

 

     

XINANTÉCATL: TIEMPO ABRASADO

MI RECORRIDO POR SIETE ENCLAVES VOLCÁNICOS

Lucille Wong



Santorini (584 m). Aquel viaje por el mar Egeo se caracterizó por el mal tiempo. No así por el motivo y el espíritu de la travesía. Era un recorrido de celebración. Largamente acariciado, el viaje significaba entre otros motivos conocer una tierra amada por su arte y su cultura. Debido a la tempestad, la ruta de nuestro crucero sufrió muchos cambios: otro barco, itinerario y días de viaje se recortaron, la salida se retrasó; pero después de horas de espera en el Pireo, un barco grande y medio vacío zarpó rumbo a las Cícladas bajo un cielo que amenazaba tormenta en un mar agitado.

La perturbación del clima nos perseguía, tanto que gruesos vidrios se quebraron. La cubierta del barco permanecía desierta durante el día y por la noche era obligado usar un cinto en los catres para poder dormir. Aquella mañana en que el aire se sacudía fuertemente, pero que ofrecía una sensación maravillosa en el rostro, me acerqué a la proa. No había nadie. Me senté en una silla de madera junto al barandal y me dediqué a sentir el viento, a ver el vigoroso oleaje y a saborear la espuma que salpicaba. El paisaje era asombroso, las nubes se agolpaban en el horizonte, la gama de grises se desplegaba y el mar Egeo rugía. Pensé en Odiseo.

El tiempo empeoraba, y yo me aferraba a la silla, tomando conciencia del peligro que representaba ponerme de pie y perder el equilibrio. Así es que decidí seguir sentada y para ese momento, empapada. Afortunadamente no tardaron en llegar a mi auxilio cuatro marineros con un grueso cordón para cerrar esa sección. Me tomaron de la silla con una sonrisa, me llevaron del brazo y me escoltaron hasta mi camarote.

Con tanto retraso, nuestro arribo a Santorini fue a media noche. Pocas personas seguíamos de pie. Bastó un bote de goma para llevar a un grupo pequeño hasta la isla. El mar seguía picado y la diminuta embarcación se enfilaba con cierta dificultad a puerto. Sin embargo, la noche era despejada, fresca, con un cielo aterciopelado. Iniciamos la subida en la quietud de la noche. El angosto sendero estaba bien iluminado. La luz era discreta, color ámbar. Con paso lento, tres personas, disfrutando del silencio, de la belleza rústica que ofrecían las fachadas blancas de las casas con sus escalones irregulares, puertas de madera y macetas coloridas, subimos hasta el punto más alto. Había un pequeño mirador. Desde ahí se apreciaba Thera, más bien la actual Santorini, como un palomar, como una colmena colgada de un abrupto acantilado: la convulsa geografía que dejó la catastrófica explosión de hace 3 500 años, un testimonio que todavía ahora inquieta la imaginación. Sobre Santorini la sombra de Thera dormía. Abajo, en el antiguo puerto enclavado en una cala protegida, nuestro barco descansaba. ¡Cuánta paz!

Éste fue el primero de muchos momentos excelentes que caracterizaron el viaje. Un gran acierto fue empezar a conocer Grecia desde los asentamientos de la época minoica. El pequeño museo de Heraclion era fuente inagotable de imágenes inolvidables. Frescos enteros que adornaron alguna vez las habitaciones de casas y palacios, desplegaban generosamente representaciones de frutos, aves, flores, niños y adolescentes pescando. Voces alegres que a través de utensilios y finos trazos cantaban a la vida. Un canto de más de tres mil años. A principios de la primavera de 1971, una Grecia húmeda y palpitante respondía con creces a la expectativa de alegría, inteligencia, armonía y belleza.

Fujiyama (3776 m). Mi experiencia frente al Fuji fue hermosa, breve, perdurable y contundente como un haiku. Ante el inmenso lago Hakone, rodeado por un hermoso paisaje de frondosos y exuberantes bosques, manantiales y caídas de agua, el volcán, aislado, alzaba su perfección en un día brillante y sereno.

Antes de decidir por Inglaterra, mi intención fue estudiar arte en Kyoto. Sin embargo, ese anhelo no se concretó. Ahora entiendo que mi crisol no fue Japón, sino Gran Bretaña en aquel 1974. Las 36 vistas panorámicas del Fuji (Fugaku sanjurokkei) pintadas por Hokusai, se me escapaban. Pero ahí, frente a esta montaña sagrada, una claridad me traspasaba: la naturaleza articula fuerza y tranquilidad en forma perfecta. Esta única vista, fugaz y culminante, se convirtió en una especie de iluminación que me acompaña siempre.

Monte Etna (3323 m). La primera vista que tuve del Monte Etna fue como sacada de una fotografía. Era un día estupendo en Taormina, Sicilia. Esta ciudad amurallada que cuenta su historia desde los griegos, se alza sobre una terraza abierta del monte Tauro; un acantilado descubre al mar. Antiguas ruinas bien conservadas, imponen su presencia. Entre ellas, una inolvidable para mí: el pequeño teatro ubicado en la ladera de la montaña. Sus gradas blancas encaran no sólo el escenario, sino un panorama espléndido, ya que se ve el mar, el acantilado, el horizonte y, a la distancia, majestuoso, el Etna. El deseo de subir al volcán más alto de Europa fue inmediato. Un par de días después, Amalia –amiga italiana, a quien conocí en la universidad de Kent– y yo, nos encontrábamos a bordo de un “jeepone” rumbo al cráter. El camino zigzagueaba entre árboles y naranjos, que en la medida que íbamos subiendo se hacían más escasos. Avanzábamos y de pronto no sólo la vegetación terminó, sino que el rústico camino de terracería, también. La pendiente era considerable y no teníamos cinturón de seguridad. Recuerdo ese trayecto como si se tratara de una gran licuadora donde yo rebotaba y trataba de asirme fuertemente para evitar los golpes en la cabeza. Todo se me movía por dentro y no alcanzaba a observar, menos a disfrutar, el paisaje. Ese trayecto, ahora pienso, reflejaba meses de inseguridades, de conflictos, de desazón que, finalmente, acabaron por decidir mi vocación. Estudiaba letras, pero todo mi ser ansiaba la pintura. Mientras no me decidía, todo fue como ese trayecto al cráter del Etna: abrupto, difícil, doloroso y enfocando toda energía al simple hecho de mantenerme estable. Pero el camino interior culminó con una determinación: pintar. Y ahora el camino del volcán me llevaba a la pureza del color. Cuando bajé encontré los colores más brillantes, puros e intensos de los que tenga memoria. El azul era inmenso, un cielo limpísimo y denso me abrazaba, unas cuantas nubes bien definidas y muy bajas brillaban blancas con el sol. El amarillo se ofrecía abundante a ras de tierra en el azufre que se veía por doquier junto con pequeñas fumarolas de gas. A pie subimos hasta el cráter: la boca era gigantesca, definida en un círculo, y el negruzco interior, abismal. Me asomé hasta donde el terreno lo permitió, para perder la vista en un oscuro mineral sin fondo. La tierra invitaba a conocer su centro. Había que dar un paso atrás. Ladera abajo y a distancia, mi vista encontró un punto rojo que resaltaba sobre el terreno de lava. Era nuestro “jeepone” y así se completaba mi encuentro frontal con los tres colores básicos y con el blanco y el negro: colores vivos, densos, abrumadores, vibrantes.

Mauna Loa (4169 m). En la inmensidad del Océano Pacífico se extienden en forma de arco las islas volcánicas de Hawaii. Verlas brillar a través de las nubes es un espectáculo único. Después de horas de vuelo sobre el océano, llegar a Hawaii es como llegar al origen. Es llegar a una especie de omphalos en medio del agua, paraje conectado al fondo del globo. Ahí, la tierra se crea a sí misma expulsando un fluido pausado de lava, sin explosiones, constante e imparable.

Me gusta visitar las islas una por una y recorrerlas en su magnitud insospechada. La primera vez que tuve oportunidad de hacerlo, fue, precisamente, al visitar la isla grande, Hawaii, que está formada por cinco volcanes. Sólo el Mauna Loa y el Kilauea permanecen activos. Nuestro guía, un hawaiano digno, orgulloso de su cultura y poseedor de un espíritu ancestral, se encargó de transformar un circuito turístico en un viaje cósmico. Largos recorridos pausados fueron acompañados por una visión del mundo en diálogo con la naturaleza. Aprendimos, mi hermana y yo, a mirar las estrellas para navegar con ellas, a reconocer plantas medicinales, a cazar con arco y flecha, a sobrevivir en las montañas, a visitar lugares sagrados; todo, a través de este personaje que durante días nos guió por senderos insólitos, siempre marcados por la presencia majestuosa del volcán más grande del mundo. El Mauna Loa despierta la sensación de un renovar en secuencia, continuo: la tierra crece, el océano se enriquece, el cielo diurno y el cielo nocturno parecen infinitos, y así se inicia un viaje sin fin, mismo que prosiguió de manera fascinante por el Pacífico Sur en 1986.

Nueva Zelanda y las islas del Pacífico Sur. Al visitar Nueva Zelanda y las islas del Pacífico Sur, profundicé, por una parte, mi curiosidad por la cultura de la Polinesia, gracias a los maori; y, por la otra, mi visión de la geología a través de los géiser.

Los maori conservan sus costumbres sencillas y apegadas a la naturaleza. Los rodea un ambiente peculiar y severo, suelos ricos, tierra milenaria llena de fiereza y majestuosidad. Con vistas de acerado azul, la comarca despide humos sulfurosos, lodo en ebullición e innumerables géiser. Totalmente adaptados desde hace mil años a estas tierras de actividad volcánica, silvestre y dramática, sus asentamientos son parte del paisaje. Basta encontrar el pequeño géiser, el adecuado para cocinar y levantar, adjunta, la cabaña. Ver desarrollarse la vida cotidiana de una comunidad entre fumarolas y vapores queda como una estampa inolvidable en mi memoria.

Pero 1986 fue especial para levantar la mirada al cielo nocturno y encontrar al Cometa Haley. En busca del cometa, miré por primera vez, el cielo nocturno del hemisferio sur. Ha sido uno de los regalos más inesperados y más grandes de mi vida. Desde el sur se despliega otra vista de nuestra galaxia. Otras estrellas, otras constelaciones. El espinazo de la noche, como se le nombra a la vista que desde ahí se tiene del centro de la galaxia, es indescriptible. El privilegio fue poder observar desde alta mar cuando nos trasladábamos de isla en isla, de volcán a volcán, durante las noches despejadas en total oscuridad, una cantidad infinita de estrellas. Para observarlas, mi hermana y yo nos apropiamos del mejor lugar en el barco. Con cierta dificultad, porque en la madrugada había fuertes ráfagas, nos acercábamos al quinto piso, en proa, mismo que estaba totalmente a oscuras. De pie era casi imposible mantener el equilibrio y soportar el viento. Decidimos sentarnos en el piso, de manera que el barandal nos servía de escudo y permitía relajarnos para contemplar la bóveda celeste con tranquilidad. Al perder la línea del horizonte y mirar hacia arriba, sentíamos que íbamos rumbo a las estrellas.

Tierra de Fuego. Las estupendas imágenes de la Cordillera de los Andes, que tuvimos a lo largo de nuestro viaje a Argentina en 1987, remataron con una vista aérea de los volcanes de Tierra de Fuego. Desde la ventanilla del avión, con diáfana percepción, el paisaje era de una cantidad enorme de puntas nevadas; y al ir descendiendo en medio de un soberbio cañón, parecía que se les pudiera tocar con sólo alargar la mano. Acceder a ese desconcertante paisaje no fue cosa tranquila. En Santa Cruz, nuestra parada anterior, la tripulación normal de la línea tuvo que ser sustituida por personal especializado del ejército, capacitado para aterrizar en Ushuaia, considerado como uno de los tres aeropuertos más difíciles del mundo. Bajar por tan estrecho cañón significa sortear golpes poderosos de viento, que sólo un piloto altamente adiestrado puede salvar con maniobras acrobáticas. Como resultado, los pasajeros de aquel memorable vuelo vimos, como embarrados en las ventanillas, de uno y de otro lado del avión, una cantidad infinita de volcanes, crestas nevadas y cielos azules.

Xinantécatl (4690 m). Perdida en la memoria tengo la desdibujada imagen de una visita al Nevado de Toluca en mi niñez. No recuerdo nada del camino, ni de mi permanencia por algunas horas, supongo, en el cráter. Sin embargo, lo que si retengo es ese momento preciso de llegar al borde del cráter y percibir un crisol. Un lugar de fuerte irradiación donde la tierra habla. Esa misma sensación se ha repetido una y otra vez en mis recorridos por los volcanes a los que he tenido la oportunidad de acercarme.

Trabajo en enero en esta ciudad rodeada de volcanes. El cielo luminoso de este principio de 2004 nos ha ofrecido, como un regalo, atmósferas transparentes, dejando ver el gran cielo azul de la Ciudad de México. A la distancia, las crestas nevadas del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl intensifican su perfil. Un poco más lejano, el Xinantécatl ocupa mi mente. Su silencio y sus lagunas siguen presentes en mi recuerdo un año después de haber subido a su cráter. Majestuoso e inescrutable, el Nevado de Toluca es la cuarta montaña más alta de México. El trayecto que se recorre para llegar a su cima es un camino sinuoso entre densos bosques de encino y oyamel. Durante el ascenso, el volcán deja entrever su silueta coronada por picos nevados; dan la impresión de que su cima fue arrancada de alguna erupción explosiva dejando varias puntas rasgadas.

Espíritus sensibles de escritores y poetas se han dejado llevar por las noches serenas, estrelladas y frías que bajan al valle desde el volcán. Pero uno en particular, el del Dr. Atl, el de la pasión por nuestro México de volcanes, el de la pasión por sus alturas y sus cielos, el de la pasión por sus tormentas y sus resplandores, me enseña y me acompaña en esta experiencia de pintar al magnífico volcán.

En mi segundo ascenso al Xinantécatl tuve el privilegio de estar acompañada por un grupo de artistas, entre ellos: Alberto Jiménez Quinto y su indispensable asistente Hortensia Hernández Durán, quienes con su visión plástica enriquecieron aún más este reencuentro con el volcán en marzo del 2003.

Volcanes. Hay volcanes por todo el globo. Se abren en las grandes fracturas del terreno. El Océano Pacífico está rodeado por una cadena casi continua de ellos. La larguísima cordillera de las dos Américas ofrece gran número: los principales están en Estados Unidos, México, Guatemala, Colombia, Ecuador, Perú, Argentina y Chile. Los volcanes se hallan en las líneas de menor resistencia de la corteza terrestre, y los más activos se agrupan en los puntos en donde las dislocaciones han sido más graves. Enciclopedia Espasa Calpe.

 

XINANTÉCATL

    

     fuego invencible y tiempo abrasado
     tierra y magma
     hielo y trueno
     vendaval, tormenta
     lava y fuego

     crisol habitado: silencio en murmullo
     agua, vida
     aire, nublos
     vórtice frío
     espejo y voz

     estampa luna llena de sol
     laguna sol bajo luz de luna
     voz interior que clama
     mundo, cielo
     paisaje, bruma

     vértice y nostalgia
     huella de nube y reflejo en el alma
     canto pasado, voces por venir
     corazón palpitando
     entraña y espacio
     tiempo infinito, muerte sin fin
     firmamento y rumbo
     azufre y metal
     diamante y ceniza
     cubo, esfera
     tierra, volcán

 

Bibliografía: Lucille Wong: Tiempo abrasado. Catálogo. Edición bilingüe, español, inglés. Textos de Leonel Sánchez, Lucille Wong y Alfonso Sánchez Arteche. Museo de Bellas Artes de Toluca, 2005. 65 ilustraciones. 40pp.

 
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SILENCIO DEL PAPEL

Lucille Wong



El silencio del papel es un silencio interior. Mi oficio : volverlo sonoro.
Todo sucede en un instante.
La intuición y el espíritu vuelan libres,
se abre la mente, los recuerdos regresan, curiosidad nos vuelve temerarios.
Entonces todo empieza a sonar.
El silencio emana música, la materia inerte cobra vida y la obra de arte se gesta.
Testimonio y testigo manifiesta que alguien vivió
que alguien sintió
y lo dijo

 

EL ABISMO

Lucille Wong



El abismo está ahí preñado de silencio
un algo otro estremecedor
¿Cuál es el proceso?
¿Qué fuerza impulsa a crear?
Crear es un trabajo de vida, concebir un cosmos.
Y cuando se gesta la luz
como se gesta la criatura en el vientre materno, no queda más que . . . nacer

 

JACARANDAS

Lucille Wong



Se abren primero uno o dos botones

después
un racimo aquí otro allá
hasta que al calor de una tarde
y mientras las nubes se llenan de sol

toda la jacaranda…

es flor

 
 
 
 
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